—Qué historia tan repugnante —gritaron los jóvenes príncipes, y luego, riendo—: Tiene que habérsela inventado.
—Una mujer así es totalmente increíble; debió de ser una especie de ogresa. ¡Nos has escandalizado, Shikibu! —Y lo miraron con desaprobación—. Tienes que esforzarte en contarnos una historia mejor que esa.
—No veo cómo ninguna historia podría ser mejor —dijo Shikibu, y salió de la habitación.
—Existe la tendencia, tanto en los hombres como en las mujeres —dijo Uma no Kami—, tan pronto como han adquirido un poco de conocimiento de alguna clase, a querer lucirlo de la mejor manera posible.
Haber dominado todas las dificultades de las Tres Historias y los Cinco Clásicos no es el camino hacia la afabilidad. Pero ni siquiera una mujer puede permitirse el lujo de carecer por completo de conocimientos sobre asuntos públicos y privados. Su mejor método será, sin un estudio metódico, ir aprendiendo un poco aquí y allá, simplemente manteniendo los ojos y los oídos abiertos. Entonces, si es un poco avispada, pronto descubrirá que ha acumulado una sorprendente reserva de información.
Que se conforme con esto y no se empeñe en rellenar sus cartas con caracteres chinos que no pegan en absoluto con su estilo de composición femenino, y que harán que el destinatario exclame desesperado: «¡Ojalá pudiera ingeniárselas para ser un poco menos varonil!». Y muchos de estos caracteres, a los que pretendía que se les diera la pronunciación coloquial, es seguro que se leerán como chinos, lo que dará a toda la composición un tono aún más pedante de lo que merece.
Aun entre nuestras damas de alcurnia y elegancia hay muchas de esta clase, y hay otras que, deseando dominar el arte de hacer versos, al final