Genji, apenas consciente de lo que ocurría a su alrededor, llegó por fin, con una palidez fantasmal, a su casa.
«¿De dónde viene, mi Señor?» «Qué enfermo se ve».
... Lo asaltaron las preguntas, pero se apresuró a ir a su habitación y se recostó tras su cortina. Intentó calmarse, pero horribles pensamientos lo atormentaban. ¿Por qué no había insistido en ir con ella? ¿Y si después de todo no estaba mal muerta y, al despertar, descubría que la había abandonado de ese modo?
Mientras estos pensamientos salvajes cruzaban por su mente, una terrible sensación de asfixia comenzó a atormentarle. Le dolía la cabeza, su cuerpo parecía estar en llamas. De hecho, se sentía tan extraño que pensó que él también estaba a punto de morir repentina e inexplicablemente como lo había hecho ella.
El sol ya estaba alto, pero no se levantó. Sus caballeros, con murmullos de asombro, intentaron por todos los medios despertarlo. Él apartó los manjares que le trajeron y se quedó hora tras hora sumido en los pensamientos más oscuros.
Un mensajero llegó de parte del Emperador: «Su Majestad ha estado inquieto desde ayer, cuando sus enviados buscaron en vano por todas partes a vuestra Alteza».
Los jóvenes señores también acudieron desde el Gran Salón. No quiso ver a ninguno de ellos, salvo a Tō no Chūjō, y aun a este lo hizo permanecer fuera de su cortina mientras le hablaba: > «Mi nodriza ha estado muy enferma desde el quinto mes. Se rapó la cabeza y cumplió otras penitencias,