Entonces la monja, olvidando dónde y quién es, levanta la mano hacia la cabeza para arreglarse el cabello, y descubre que se lo han rapado. En una desdichada impotencia se desploma en el suelo y, haga lo que haga, las lágrimas comienzan a brotar. Ahora todo está perdido; pues, como no puede estar rezando pidiendo fuerza a cada instante, se desliza en su mente el pensamiento pecaminoso de que hizo mal en hacerse monja, y tan a menudo comete este pecado que incluso Buda debe de considerarla ahora más malvada que antes de pronunciar sus votos; y siente la certeza de que estos terribles pensamientos están conduciendo su alma al más negro de los infiernos.
Pero si el karma de sus vidas pasadas diera la casualidad de estar fuertemente inclinado en contra de una separación, ella será encontrada y apresada antes de haber pronunciado sus votos definitivos. En tal caso, la vida de ambos será insoportable a menos que ella esté firmemente decidida, pase lo que pase, a cerrar los ojos esta vez ante todo lo que salga mal.
«Hay además otras que necesitan montar perpetua guardia sobre los afectos propios y los de sus maridos. Una mujer así, si le ve a él —no ya una falta en verdad, sino la más leve inclinación a descarriarse—, le arma una escena necia, declarando con indignación que no quiere saber nada más de él».
—Pero aun cuando la fantasía de un hombre haya acertado a descarriarse un tanto, su afecto anterior puede seguir siendo fuerte y al fin volverá a sus antiguos lares. Ahora bien, con sus rabietas ella ha abierto una brecha que no se puede cerrar. En cambio, aquella que, cuando algún pequeño agravio exige una reprimenda silenciosa, muestra con una mirada que no lo ignora; pero cuando alguna ofensa mayor requiere amonestación sabe insinuarlo sin severidad, terminará ocupando en el afecto de su amo una posición mejor que la que tuvo antes.