mujer orgullosa e implacable, la persiguió desde el principio con constantes vejaciones y afrentas; día tras día continuó esta persecución implacable, hasta que por fin murió de pena. Dicen que la crueldad no puede matar, pero yo nunca diré eso, pues a causa de esto únicamente vi a mi pariente enfermar y
«Entonces la pequeña debe de ser la hija de esta dama», comprendió Genji por fin. Y eso explicaba su parecido con la dama de palacio.65 Se sintió más atraído hacia ella que nunca. Era de buena cuna, lo cual nunca está de más; y su sencillez un tanto provinciana sería una auténtica ventaja cuando se convirtiera en su discípula, como ahora estaba decidido a que fuera; pues eso le facilitaría moldear sus gustos inmaduros a la medida de los suyos propios.
—¿Y no dejó la señora cuya triste historia me ha contado ningún recuerdo tras de sí? —preguntó Genji, aún con la esperanza de encauzar la conversación hacia la niña misma.
—Murió poco después de que naciera su hija, y esta también fue niña. Su cuidado recayó en mi hermana, quien, con la salud quebrantada, no se siente en absoluto capaz de semejante responsabilidad.
Todo estaba ahora claro.
«Le parecerá una propuesta muy extraña —dijo Genji—, pero siento que me gustaría adoptar a esta niña. ¿Quizás le mencionarías esto a tu hermana? Aunque otros me envolvieron pronto en matrimonio, su elección me resultó desagradable y, dado que, según parece, tengo muy poco gusto por la sociedad, ahora vivo completamente solo. Ella es, bien lo sé, una mera niña, y no estoy proponiendo...»