FUE por entonces cuando él visitaba en secreto a la dama del Sexto Barrio.42
Un día, al regresar de Palacio, pensó en ir a ver a su madre de leche, quien, tras haber estado muy enferma durante mucho tiempo, se había hecho monja. Vivía en el Quinto Barrio. Después de muchas indagaciones logró encontrar la casa; pero el portón delantero estaba cerrado con llave y no pudo entrar con el carruaje.
Envió a uno de sus criados en busca de Koremitsu, el hijo de su nodriza, y mientras esperaba se puso a examinar aquella callejuela de aspecto más bien desolado. La casa de al lado estaba cercada por una empalizada nueva, por encima de la cual sobresalían en un punto cuatro o cinco paneles de celosía abierta, ocultos por persianas muy blancas y desnudas. A través de las rendijas de estas persianas se podían ver varias frentes. Parecían pertenecer a un grupo de damas que debían de estar espiando con interés la calle de abajo.
Al principio pensó que se habían limitado a asomarse al pasar; pero pronto comprendió que, si estaban de pie en el suelo, debían de ser gigantes. ¡No, evidentemente se habían tomado la molestia de subirse a alguna mesa o cama; lo cual era sin duda bastante extraño!
Había venido en un carruaje sencillo y sin escolta. Nadie podría haber adivinado quién era, y sintiéndose muy a sus anchas, se inclinó hacia adelante y examinó la casa deliberadamente. La verja, hecha también de una especie de celosía, estaba entreabierta, y pudo ver lo suficiente del interior como para comprender que era una vivienda muy humilde y mal amueblada. Por un momento compadeció a quienes vivían en un lugar así, pero luego recordó la canción: «No busques en el ancho mundo un