amabilidad y buenos modales». Así amonestada, la princesa —que cuando le decían lo que tenía que hacer nunca se le ocurría ningún motivo para no hacerlo—, dando un toque aquí y allá a su atuendo, avanzó a hurtadillas con renuencia hacia la estancia delantera. Genji fingió seguir mirando por la ventana, pero al poco se las ingenió para echar una ojeada al interior de la habitación. Su primera impresión fue que sus modales, de haber sido un poco menos tímidos, habrían resultado sumamente agradables. Qué error tan absurdo había cometido. Era ciertamente muy alta, como demostraba la longitud de su espalda al tomar asiento; apenas podía creer que semejante espalda perteneciera a una mujer. Un momento después advirtió de repente su principal defecto. Era su nariz. No pudo evitar mirarla. ¡Le recordó a la trompa de la cabalgadura de Samantabhadra88! No solo era increíblemente prominente, sino que (lo más extraño de todo) la punta, que colgaba ligeramente hacia abajo, estaba teñida de rosa, contrastando de la manera más extraña con el resto de su tez, de una blancura que habría hecho avergonzar a la nieve. Su frente era desacostumbradamente alta, de modo que en conjunto (aunque esto quedaba en parte disimulado por la inclinación hacia adelante de su cabeza) su rostro debía de ser enormemente alargado. Era muy delgada, con los huesos asomando de la manera más dolorosa, en particular los de los hombros, que sobresalían lastimosamente por encima de su vestido. Ahora se arrepentía de haberle exigido tan angustiosa exhibición, pero ofrecía un espectáculo tan extraordinario que no pudo por menos de seguir contemplándola. En un punto al menos no desmerecía ante las mayores bellezas de la Capital. Su cabello era magnífico; lo llevaba suelto y le colgaba un pie o más por debajo del dobladillo de su vestido. Una descripción completa de la indumentaria de las personas suele ser tediosa, pero como en los cuentos lo primero que se dice de los personajes es
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Capítulo VI La flor de azafrán
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