afrenta espantosa», y puso cara de verdadero desconsuelo. Durante un rato no dijo nada más, sino que se quedó tumbado suspirando profundamente, muy afligido. Por fin recitó el poema: «No conocía la naturaleza del extraño árbol37 que crece en la llanura de Sono, y cuando busqué el consuelo de su sombra, no hice más que perder el camino», y se lo envió.
Ella seguía despierta y respondió con el poema: «Demasiado me parezco en estos años de destierro al triste árbol que se empequeñece ante la mirada del viajero que se acerca».
El muchacho sentía una profunda lástima por Genji y no tenía nada de sueño, pero temía que la gente encontrara muy extrañas sus continuas idas y venidas. A estas alturas, sin embargo, todos los demás de la casa dormían profundamente.
Genji, solo, yacía sumido en la más negra melancolía. Pero aun mientras se enfurecía por la inhumana terquedad de su recién descubierta e incomprensible determinación, descubrió que no podía evitar admirarla aún más por esa invencible tenacidad.