Aunque ya entrado en años, el Emperador no había perdido en absoluto el interés por tales asuntos. Siempre se había asegurado de que sus damas de compañía y servidores de palacio destacaran tanto por su belleza como por su inteligencia, y era una época en la que la Corte estaba llena de mujeres interesantes.
Pocas había entre ellas a las que Genji no hubiera podido hacer suyas con la más leve palabra o gesto. Pero, tal vez por verlas demasiado, no le resultaban en absoluto atractivas.
Al sospechar esto, de vez en cuando lo ponían a prueba con algún comentario frívolo. Él respondía con tanta seriedad que comprendían que un coqueteo era imposible y algunas llegaron a la conclusión de que era un joven bastante aburrido y puritano.
Había una dama de cámara anciana que, si bien era una criatura excelente en todo lo demás y gozaba de gran afecto y respeto, era una coqueta escandalosa. A Genji le asombraba que, a pesar de su avanzada edad, no mostrara señales de enmendar su conducta temeraria y extravagante. Sabiendo de su curiosidad por ver cómo se lo tomaría, un día se le acercó y empezó a bromear con ella. Ella parecía no ser consciente de la disparidad de sus edades y al instante lo consideró un pretendiente. Ligeramente alarmado, encontró sin embargo su compañía bastante agradable y hablaba con ella a menudo. Pero, debido principalmente al miedo a que se burlaran de él si alguien se enteraba, se negó a convertirse en su amante, algo que ella le reprochó muchísimo. Un día ella estaba peinando al Emperador. Una vez terminado, Su Majestad mandó llamar a sus ayudas de cámara y se fue con ellos a otra habitación. Genji y la anciana dama se quedaron a solas. Ella estaba más llena de aires languidecientes y poses que nunca, y su atuendo era de lo más elegante y elaborado.