Era por naturaleza singularmente apacible y flexible, de modo que el esfuerzo de endurecer su corazón y, a pesar de sus sentimientos, representar todo el tiempo el papel del tierno brote de bambú que, aunque tan verde y frágil, no puede ser quebrado, le resultó muy doloroso; y al ver que ya no se le ocurría ningún argumento con el que resistir su importunidad, prorrumpió en llanto; y aunque le daba mucha pena verla así, se le ocurrió que no habría querido perderse esa visión por nada del mundo.
Anhelaba, sin embargo, consolarla, pero no se le ocurría cómo hacerlo, y dijo por fin: «¿Por qué me tratas con tanta crueldad? Es verdad que la manera en que nos conocimos fue extraña, pero creo que el Destino quiso que nos encontráramos. Es cruel que te alejes de mí como si el Mundo y tú nunca se hubieran cruzado».
Así la reprendió él, y ella respondió: «Si esto hubiera sucedido hace mucho tiempo, antes de mis tribulaciones, antes de que mi suerte estuviera echada, tal vez me habría alegrado de aceptar tu amabilidad mientras durara, sabiendo que pronto reconsiderarías tu extraña condescendencia. Pero ahora que mi rumbo está trazado, ¿qué pueden traerme tales encuentros sino miseria y arrepentimiento? A nadie digas que has visto mi hogar», concluyó, citando la antigua canción.36
«No es de extrañar que esté triste», pensó Genji, y encontró muchas formas tiernas de consolarla.
Y ahora el gallo comenzó a cantar. Allá fuera en el patio los hombres de Genji se ponían tambaleándose en pie, uno exclamando con sueño: «Cómo me gustaría volver a dormir», y otro: «Daos prisa, traed el carruaje de su Señoría».
Ki no Kami salió al patio: «¿A qué viene tanta prisa? Solo cuando hay mujeres en su séquito es necesario que un hombre se apresure a abandonar un refugio al que la estrella de la Tierra lo ha enviado. ¿Por qué parte en medio de la noche su Alteza?».