Tenía la impresión de que alguien en la habitación interior, tras una pequeña vacilación, se había acercado al biombo como si se dijera a sí misma: «No puede ser, y sin embargo podría jurar que he oído...», y luego se había retirado un poco, como pensando: «Bueno, ¡al fin y al cabo no era más que una ilusión mía!».
Ahora parecía ir tanteando a tientas en la oscuridad, y Genji dijo en voz alta: «Sigue al Señor Buda y, aunque tu camino yazca en las tinieblas, no te extraviarás».
Al oír de repente su clara voz juvenil en la oscuridad, la mujer no tuvo al principio el valor de responder. Pero al fin se las arregló para contestar:
«¿En qué dirección, por favor, me está guiando Él? Me temo que no lo entiendo del todo».
—Lamento haberla asustado —dijo Genji—. Solo tengo este pequeño favor que pedirle: que le entregue a su señora el siguiente poema:
«Desde que vio por primera vez la hoja verde del tierno arbusto, ni por un momento se ha secado el rocío del anhelo en la manga del viajero».
—Seguramente sabrá que aquí no hay nadie que entienda mensajes de esa clase —dijo la mujer—; ¿a quién se referirá, me pregunto?
—Tengo un motivo muy particular para desear que su señora reciba el mensaje —dijo Genji—, y le agradecería mucho que se ingeniara para entregárselo.
La monja comprendió de inmediato que el poema se refería a su nieta y supuso que Genji, habiendo sido mal informada su edad, pretendía