hizo que las celebraciones relacionadas con su nacimiento resultaran aún más suntuosas y elaboradas.
La noticia de este acontecimiento dejó a lady Rokujō un tanto desconcertada. El último informe que había recibido de la Gran Sala era que el parto iba a ser sin duda muy peligroso. Y ahora decían que no había habido la menor dificultad. Le parecía algo muy peculiar.
Ella misma llevaba mucho tiempo sufriendo las sensaciones más desconcertantes. A menudo sentía como si toda su personalidad hubiera cambiado repentinamente de algún modo. Era como si fuera una desconocida para sí misma.
Recientemente había notado que un olor a incienso de semilla de mostaza, para el cual no hallaba explicación, impregnaba su ropa y sus cabellos. Se dio un baño caliente y se puso otra ropa; pero el mismo hedor a incienso la seguía persiguiendo.
Ya era bastante malo, incluso en la intimidad, tener esta sensación de estar, por decirlo así, enajenada de uno mismo. Pero ahora su cuerpo le jugaba malas pasadas que sus asistentes sin duda habrían notado y estarían comentando a sus espaldas. Sin embargo, no había ni una sola persona entre los que la rodeaban con la que pudiera obligarse a hablar de tales cosas, y toda esta miseria reprimida parecía no hacer más que acelerar el extraño proceso de disolución que había comenzado a atacar su mente.