Pero la muchacha que tenía enfrente era joven, alegre y encantadora. Pronto hicieron muy buenasmigas.
—¿No es esta clase de cosas mucho más divertida que lo que ocurre con la gente a la que uno conoce? —preguntó Genji un poco más tarde—. No pienses mal de mí. Nuestro encuentro debe seguir siendo un secreto por el momento. Me encuentro en una situación que no siempre me permite actuar como me plazca. Los tuyos sin duda también interferirían si se enterasen, lo cual sería muy fastidioso. Espera con paciencia y no me olvides.
Estas recomendaciones, más bien tibias, no le parecieron en absoluto insatisfactorias, y ella respondió muy seriamente: —Me temo que ni siquiera me será muy fácil escribirle. La gente lo encontraría muy extrañísimo.
—Por supuesto, no debemos dejar que la gente corriente descubra nuestro secreto —respondió él—, pero no hay razón para que este pequeño paje no lleve a veces algún recado. Mientras tanto, ¡ni una palabra a nadie!
Y con eso se marchó, llevándose al hacerlo el fino pañuelo de Utsusemi que se le había caído de los hombros cuando huyó de la habitación.
Fue a despertar a su paje, que yacía no muy lejos.
El muchacho se puso en pie de un salto al instante, pues dormía con el sueño muy ligero, sin saber cuándo podría necesitarse su ayuda.
Abrió la puerta con todo el silencio que pudo.
—¿Quién es? —gritó alguien con gran alarma. Era la voz de una vieja que trabajaba en la casa. —Soy yo —contestó el muchacho inquieto.