relato, pero al fin, tras muchos ruegos y poniendo una mueca cómica, prosiguió: «Hacía mucho tiempo que no la veía. Cuando por fin algún imprevisto me llevó a la casa, no me recibió con su informalidad habitual, sino que me habló desde detrás de un fastidioso biombo. Ja, ja, pensé yo neciamente, está enfurruñada; ahora es el momento de armar un escándalo y romper con ella. Podría haber sabido que no era tan poco filósofa como para enfurruñarse por pequeñeces; se enorgullecía de conocer los usos del mundo y mi inconstancia no la alteraba en lo más mínimo».
«Ella me dijo (hablando sin el menor temblor) que, habiendo tenido un fuerte resfriado durante algunas semanas, había tomado un licor concentrado de ajo, lo cual había hecho que su aliento oliera bastante desagradable y que por esta razón no podía acercarse mucho a mí.
Pero si tenía algún asunto de especial importancia que tratar con ella, estaba totalmente dispuesta a prestarme atención. Todo esto lo había expresado con solemne perfección literaria.
No se me ocurrió ninguna respuesta adecuada y, con un “a su servicio”, me levanté para marcharme. Entonces, sintiendo que la entrevista no había sido un completo éxito, añadió, alzando la voz: “Por favor, vuelve cuando mi aliento haya perdido el mal olor”.
No podía fingir que no había oído. Sin embargo, no tenía intención de prolongar mi visita, sobre todo porque el hedor empezaba a ser ya decididamente desagradable, y con cara de enfado recité el acróstico: “En esta noche marcada por el extraño comportamiento de la araña, qué tonto es pedirme que vuelva mañana”29 y, llamando por encima del hombro “¡No tienes excusa!”, salí huyendo de la habitación.
Pero ella, persiguiéndome: “Si noche tras noche y cada noche nos reuniéramos, también de día me atrevería a encontrarte cara a cara”. Aquí, en la segunda frase, había ocultado hábilmente el significado de “Si hubiera tenido alguna razón para esperarte, no habría comido ajo”».