Hasta las hijas de gobernadores y magistrados de provincias remotas que no tenían conocidos de ninguna clase en la Capital habían gastado tanta coquetería en la decoración de sus personas y carrozas como si estuvieran a punto de someterse a la inspección de un amante, y sus carruajes ofrecían un espectáculo brillante y variado. Si incluso estas extrañas se hallaban en tal estado de exaltación, puede imaginarse con cuánta emoción, dispersas aquí y allá entre la multitud, aquellas con quienes Genji mantenía correspondencia secreta presenciaron el paso de la procesión y con cuántos suspiros ocultos se agitaron sus pechos.
El príncipe Momozono125 tenía un asiento en una de las tribunas. Le sorprendió ver a su sobrino convertido en un joven tan extraordinariamente apuesto, y temió que pronto los dioses le echaran una mirada envidiosa. La princesa Asagao no pudo menos que sentirse conmovida por la rara persistencia con la que Genji, año tras año, le había declarado su amor. Aun de haber sido francamente feo, le habría resultado difícil resistirse a tanta insistencia; con que no es de extrañar que, al verle pasar a caballo en todo su esplendor, se maravillara de haber resistido tanto tiempo. Pero estaba decidida a conocerlo mucho mejor antes de comprometerse. Las jóvenes doncellas que la acompañaban se cuidaron de alabarlo en términos exagerados. Al festival en sí126, Aoi no fue. La pelea entre sus sirvientes y los de Rokujō no tardó en llegar a oídos de Genji. Le disgustó sobremanera que tal cosa hubiera sucedido. Que la exquisitamente educada Aoi fuera de algún modo responsable de este estallido de insolente grosería, no lo creyó ni por un momento; debía ser obra de criados rudos que, aunque sin instrucciones precisas, habían absorbido la idea de que las cosas no iban bien entre ambas casas e imaginaron que ganarían méritos al defender la causa de su señora.