Era pasada la medianoche. Una tormenta violenta comenzó a levantarse, gimiendo lúgubremente mientras azotaba los pinos que se agrupaban alrededor de la casa. Y todo el tiempo un pájaro extraño —un búho, supuso— no dejaba de chillar roncamente.
Desolación absoluta por todas partes. Ninguna voz humana; ningún sonido amistoso. ¿Por qué, por qué había elegido este espantoso lugar?
Ukon se había desmayado y yacía junto a su ama. ¿Iba ella también a morir de miedo? No, no. Él no debía dejarse vencer por tales pensamientos.
Ahora era la única persona que quedaba capaz de actuar. ¿No había nada que pudiera hacer? La vela ardía mal. La volvió a encender.
Junto al biombo, en el rincón de la habitación principal, algo se movía. Ahí estaba otra vez, pero ahora en otro rincón. Se oía el sonido de pasos que caminaban con cautela. Seguía adelante. Ahora se acercaban por su espalda...
¡Si al menos Koremitsu regresara! Pero Koremitsu era un andariego y se perdió mucho tiempo buscándolo. ¿Jamás se haría de día? Le parecía que esta noche estaba durando mil años. Pero ahora, en algún lugar muy lejano, cantó un gallo.
¿Por qué había querido el destino tratarlo de aquel modo? Sentía que aquello debía ser un castigo por todos los extraños y prohibidos amores a los que en los últimos años se había visto arrastrado a pesar suyo, para que ahora le sobreviniera semejante horror insólito. Y tales cosas, aunque uno las mantenga en secreto por un tiempo, siempre acaban por saberse al final. Lo que más le importaba era que el emperador tarde o temprano se enteraría con certeza de aquello y de todos sus demás amoríos. Luego estaba el escándalo general. Todo el mundo lo sabría. Los mismos muchachos de la calle se burlarían de él. ¡Jamás, jamás volvería a hacer tales cosas, o su reputación se vendría totalmente abajo...!