Cuando Genji se retiró al ala oriental, mandó llamar a cierta dama Chūjō para que le diera masajes en las extremidades y luego se fue a la cama.
A la mañana siguiente escribió a las nodrizas del hijo de Aoi y recibió de ellas en respuesta un conmovedor relato sobre su belleza y su desarrollo; pero la carta solo sirvió para despertar en él inútiles recuerdos y pesares.
Hacia el final del día se sentía muy inquieto y el tiempo se le hacía interminable, pero no estaba de humor para reanudar sus amoríos secretos y tal idea ni siquiera se le pasó por la cabeza.
En Murasaki ninguna de sus esperanzas se había visto defraudada; en verdad se había convertido en una muchacha tan hermosa como uno pudiera desear, y ya no tenía una edad en la que le fuera imposible convertirse en su amante. Él insinuaba esto constantemente, pero ella no parecía entender a qué se refería.
Todavía le sobraba el tiempo, y lo pasaba todo en compañía de ella. Durante todo el día jugaban juntos a las damas o a juegos de palabras, y aun en el transcurso de estas pasatiempos triviales ella demostraba una agilidad mental y una belleza de carácter que lo deleitaban continuamente; pero