Koremitsu, notando que Genji escuchaba con especial atención, continuó: > «Debo decirle que yo también tengo motivos para interesarme por esta casa, y al hacer averiguaciones por mi cuenta descubrí que la joven siempre se dirige a las otras muchachas de la casa como si fueran sus iguales. Pero cuando, fingiendo caer en esta comedia, empecé a visitarlas, noté que, aunque las mujeres mayores desempeñaban muy bien su papel, las jóvenes hacían una reverencia de vez en cuando o se les escapaba un "Mi Señora" sin pensar; tras lo cual las otras se apresuraban a encubrir el error lo mejor que podían, diciendo cualquier cosa que se les ocurriera para hacer creer que no había ninguna señora entre ellas», y Koremitsu se rio al
—La próxima vez que vaya a visitar a tu madre —dijo Genji—, debes dejarme la oportunidad de echarles un vistazo.
Se imaginaba la casa estrafalaria y desvencijada. Ella solo vivía allí temporalmente; pero, a pesar de todo, sin duda debía pertenecer a esa «clase baja» que habían descartado por no tener ninguna relación posible con la discusión.
¡Qué divertido sería demostrar que estaban equivocados y que, al fin y al cabo, se podía descubrir algo de interés en un lugar así!
Koremitsu, ansioso por cumplir hasta el último deseo de su señor y empeñado también en su propia intriga, logró al fin, mediante una serie de ingeniosas estratagemas, concertar un encuentro secreto entre Genji y la misteriosa dama.
Los pormenores del plan con el que logró este propósito harían una historia tediosa y, como es mi norma en tales casos, he creído preferible omitirlos.