el tipo de persona que sin duda se lo contará a todos sus parientes, y estos podrían entrometerse desastrosamente en el asunto. Lo mejor será que salgamos de esta casa tan discretamente como podamos». —Tal vez —dijo Genji—, pero sería difícil encontrar un lugar menos frecuentado que
—Sea como fuere —continuó Koremitsu—, no podemos llevarla a su propia casa; pues allí sus damas, que la querían con fervor, armarían un llanto y un lamentos tales que pronto atraerían a una marabunta de vecinos, y todo se sabría de inmediato. Si tan solo supiera de algún templo en la montaña —pues allí tales cosas son habituales55 y pasan casi desapercibidas—.
Hizo una pausa y reflexionó. —Hay una dama que conocí en el pasado, que se ha vuelto monja y vive ahora en Higashi Yama. Fue la nodriza de mi padre y hoy es muy anciana y está encorvada. Por supuesto, no vive sola; pero ninguna persona ajena va por allí.
Una débil luz ya se asomaba en el cielo cuando Koremitsu acercó el carruaje. Pensando que Genji no querría mover él mismo el cuerpo, la envolvió en una estera de junco y la llevó hacia el carruaje. ¡Qué pequeña era alzarla! Su rostro estaba tranquilo y hermoso. No sintió repulsión. No halló modo de sujetar su cabello y, al empezar a cargarla, este se desbordó y pendió hacia el suelo. Genji lo vio, y sus ojos se oscurecieron. Una espantosa angustia se apoderó de él.
Él intentó seguir el cuerpo, pero Koremitsu se lo impidió, diciéndole: «Debes regresar a caballo a tu palacio tan rápido como puedas; justo tienes tiempo de llegar antes de que comience el revuelo», y metiendo a Ukon en el carruaje, le dio su caballo a Genji.
Luego, subiéndose los pantalones de seda hasta la rodilla, acompañó al carro a pie. Era una procesión de lo más singular; pero Koremitsu, al ver la terrible angustia de su amo, olvidó por un momento su propia dignidad y caminó con paso firme.