Ahora que Genji estaba algo menos inquieto por el estado de Aoi, el recuerdo de su extraordinaria conversación con ella durante la crisis de su ataque acudía una y otra vez a su mente, y le dejó una impresión tan dolorosa que, aunque ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que se comunicara con Rokujō y sabía que ella debía de estar profundamente ofendida, sentía que jamás volvería a ser posible ningún tipo de intimidad con ella. Sin embargo, al final la compasión se impuso y le envió una carta. Parecía, en efecto, que en esos momentos habría sido desalmado ausentarse por completo de alguien que acababa de pasar por días de tan terrible sufrimiento y de sus amigos, que aún se encontraban en un estado de la más grave ansiedad, por lo que abandonó todas sus excursiones secretas. Aoi seguía en un estado tan grave que no se le permitía verla. La criatura era un bebé tan hermoso como se pudiera desear. El gran interés que Genji demostraba por él y el entusiasmo con el que participaba en todos los arreglos que se hacían para su bienestar deleitaban al padre de Aoi, en la medida en que parecían señales de un mejor entendimiento entre su
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CAPÍTULO IX
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