Pasaron los días sin noticias. Empecé a inquietarme. Una noche, tras haber estado en el Palacio para el ensayo de la música del Festival, caía una aguanieve espesa; y me detuve en el lugar donde los que veníamos del Palacio nos habíamos dispersado, incapaz de decidir qué dirección tomar. Pues en ninguna dirección tenía algo que pudiera llamarse propiamente un hogar. Podría, por supuesto, alquilar una habitación en los recintos del Palacio; pero me estremecía al pensar en la desolada grandeza que me rodearía.
De repente comencé a preguntarme qué estaría pensando, qué aspecto tendría; y sacudiéndome la nieve de los hombros, partí hacia su casa. Confieso que me sentía intranquilo; pero pensé que, tras tanto tiempo, su enojo sin duda se habría calmado un poco.
Dentro de la habitación, una lámpara brillaba tenuemente, girada hacia la pared. Algunas prendas interiores estaban tendidas sobre un gran sofá de cálido acolchado, las cortinas de la cama estaban descorridas, y di por sentado que, por alguna razón, ella en verdad me estaba esperando.
Me jactaba de haber tenido tanta suerte, cuando de repente: «¡No está en casa!»; y al interrogar a la criada supe que esa misma noche se había ido a la casa de sus padres, dejando atrás solo a unos pocos sirvientes necesarios.
El hecho de que hasta entonces no hubiera enviado ningún poema o mensaje conciliador parecía mostrar cierto endurecimiento de corazón, y ya me había inquietado. Ahora comencé a temer que su maldito recelo y sus celos no hubieran sido más que una estratagema para hacer que me cansara de ella, y aunque no recordaba ninguna otra prueba de esto, caí en una profunda desesperación.
Y para demostrarle que, aunque ya no nos veíamos, todavía pensaba en ella y hacía planes para ella, le compré tela para un vestido, escogiendo un tono de color de lo más encantador e inusual, y un material que sabía que le alegraría tener.