«A mí me pasa lo mismo —dijo—. Si dejo de verte un solo día, soy profundamente infeliz. Pero tú eres solo una niña y sé que, hagas lo que hajase, no pensarás con dureza en mí; en cambio, la dama a la que voy a ver es muy celosa y se enoja tanto que se le rompería el corazón si me quedara contigo demasiado tiempo. Pero a mí no me gusta en absoluto estar allí y por eso solo voy un ratito así. Cuando crezcas, por supuesto, no me iré nunca más. Solo voy ahora porque, si no lo hiciera, ella se enojaría tanto conmigo que probablemente me moriría106 y entonces no habría nadie para amarte y cuidarte». Le había dicho todo lo que podía, pero aun así ella estaba ofendida y no quiso decir una sola palabra. Al fin la tomó sobre sus rodillas y allí, para gran desconcierto de él, ella se quedó dormida. «Ya es demasiado tarde para salir —dijo al cabo de un rato, dirigiéndose a las damas de compañía que estaban presentes». Ellas se levantaron y fueron a buscar su cena. Él despertó a la niña. «Mira —le dijo—, al final no salí». Ella volvió a ser feliz y cenaron juntos. Le gustaba aquella comida extraña e informal, pero cuando terminó, volvió a mirarlo con inquietud. «Si de verdad no vas a salir —dijo—, ¿por qué no te vas a dormir ahora mismo?». Al dejarla en un momento así para regresar a su habitación, sintió toda la desgana de quien emprende un viaje largo y
Constantemente ocurría que a última hora él decidía quedarse con ella de este modo. Era natural que alguna noticia de su nueva ocupación se filtrara al mundo exterior y llegara hasta el Gran Salón.