Ya lo poseía la más horrenda de las angustias, y ahora, al emprender este extrañísimo viaje, a los oscuros pensamientos que llenaban su mente se sumó el temor de que su visita despertara con nueva furia el misterioso poder que la había destruido.
¿Debería ir? Dudó; pero aunque sabía que por este camino no hallaría cura para su tristeza, si no la veía ahora, tal vez jamás, en ninguna vida venidera, volvería a encontrarse con el rostro y la figura que tanto había amado.
Así pues, en compañía de Koremitsu y de un único caballerizo, se puso en camino.
El camino parecía interminable. La luna de la decimoséptima noche se había levantado e iluminaba toda la extensión de la llanura de Kamo, y a la luz de las antorchas de los escuderos el paisaje hacia Toribeno se divisa ahora tenuemente. Pero Genji, en su enfermedad y su desesperación, no vio nada de esto y, despertando de repente del estupor en el que había caído, descubrió que habían llegado.
La celda de la monja estaba en una capilla construida contra la pared de una casa de madera. Era un lugar desolado, pero la capilla en sí era muy hermosa. La luz de las antorchas de los visitantes parpadeaba a través de la puerta abierta.
En la estancia interior no se oía más que el llanto de una mujer a solas; en la exterior había varios sacerdotes conversando (¿o estaban rezando?) en voz baja.
En los templos vecinos las vísperas habían terminado y reinaba un silencio absoluto; solo hacia Kiyomizu se veían luces y numerosas figuras parecían abarrotar la colina.57
Un sacerdote anciano, hijo de la monja de edad avanzada, comenzó entonces a recitar las Escrituras con voz imponente, y Genji, al