No era en absoluto, desde luego, la clase de habitación a la que estaba acostumbrado.
«Llevaba mucho tiempo con la intención de visitar esta casa —dijo Genji—, pero una y otra vez las propuestas que hice por escrito respecto a cierto proyecto mío fueron rechazadas de inmediato y esto me desanimó. De haber sabido que la salud de vuestra señora había dado este giro a peor...»
«Dile que en este momento mi mente está clara, aunque pronto pueda volver a oscurecerse. Soy muy consciente de la bondad que ha mostrado al venir a visitar mi lecho de muerte, y lamento no poder hablar con él cara a cara. Dile que si por alguna casualidad no ha cambiado de opinión respecto al asunto que ha tratado conmigo antes, que sin falta, cuando haya llegado el momento, la cuente entre las damas de su casa. Es con gran angustia que la dejo atrás y temo que semejante vínculo con la tierra pueda impedirme alcanzar la vida por la que he rezado».
Su habitación estaba tan cerca y el tabique era tan delgado que, mientras le daba su recado a Shōnagon, él podía oír de vez en cuando el sonido de su voz triste y temblorosa. Poco después la oyó decirle a alguien: «Qué amable, qué muy amable de su parte haber venido. ¡Si tan solo la criatura tuviera la edad suficiente para agradecérselo como es debido!».
«Ciertamente no se trata de amabilidad —le dijo Genji a Shōnagon—. ¡Es evidente que solo un sentimiento muy profundo me habría impulsado a mostrar tanta y tan fervorosa persistencia! Desde que vi a esta niña por primera vez, un sentimiento de extraña ternura se apoderó de mí, y ha crecido hasta convertirse en un amor que no puede ser únicamente de este mundo.71 Aunque no sea más que un capricho vano, tengo el anhelo de escuchar su voz. ¿No podrías llamarla antes de que me vaya?»