Ukon, que sabía que la asaltarían con preguntas que su promesa a Genji le prohíbe responder, no se atrevía a ir a la casa, ni siquiera para tener noticias del hijo de su señora. Lo habían enviado a criar a alguna parte, pero para su gran pesar le había perdido completamente la pista.
Ansioso todo el tiempo por ver su rostro una vez más, aunque solo fuera en un sueño, la noche posterior a la ceremonia en el monte Hiyei, tuvo una visión muy diferente de aquella por la que rezaba. Se le apareció una vez más, tal como en aquella noche fatal, la figura de una mujer en postura amenazante, y se sintió dismayado ante el pensamiento de que algún demonio que rondaba aquel lugar desolado pudiera, en la ocasión en que cometió aquel acto terrible, haber entrado también en él y poseído su espíritu.
Iyo no Suke iba a partir temprano en el Mes Sin Dios y había anunciado que su esposa iría con él. Genji envió regalos de despedida muy hermosos y, con intenciones especiales, colocó entre ellos muchos peines y abanicos muy exquisitos. Con ellos iban tiras de seda para ofrendar al Dios de los Viajes y, sobre todo, el pañuelo que ella había dejado caer y, atado a él, un poema en el que decía que lo había guardado en recuerdo de ella mientras aún había esperanza de que se encontraran, pero que ahora se lo devolvía empapado en lágrimas derramadas en vano.
Había una carta larga junto con el poema, pero esta no tenía ningún interés en particular y aquí se omite. Ella no envió ninguna respuesta por medio del hombre que había traído los regalos, sino que le entregó el poema a su hermano:
«Que a la mudada cigarra devuelvas su vestido de verano demuestra que tú también has cambiado y llena de dolor un corazón de insecto».
Pensó mucho en ella. Aunque con una resolución tan extraña e inexplicable había endurecido su corazón contra ella hasta el final, cada vez que recordaba que se había ido para siempre, se llenaba de depresión.