Todo aquello resultaba más bien soso y Genji, mediante la cita de una vieja canción popular, insinuó que le gustaría conocer a los otros invitados de Ki no Kami. La indirecta no fue captada. Genji empezó a dar cabezadas y sus servidores se sentaron en silencio y sin moverse.
Había en la habitación varios muchachos encantadores, hijos de Ki no Kami, a algunos de los cuales Genji ya conocía como pajes en Palacio. También había numerosos hijos de Iyo no Kami; con ellos estaba un muchacho de doce o trece años que llamó particularmente la atención de Genji. Empezó a preguntar de quiénes eran hijos los muchachos, y cuando llegó a este, Ki no Kami respondió: «Es el hijo menor del difunto Chūnagon, que lo quería mucho, pero murió cuando este muchacho aún era un niño. Su hermana se casó con mi padre y por eso vive aquí. Es avispado con los libros y esperamos enviarlo a la Corte algún día, pero me temo que su falta de influencias...».
—¡Pobre niño! —dijo Genji—. Su hermana, entonces, es tu madrastra, ¿no es así? ¡Qué extraño que estés en esa relación con una muchacha tan joven! Y ahora que lo pienso, en una ocasión se habló de que la fuera a presentar en la Corte, y una vez oí al Emperador preguntar qué había sido de ella. Cuán mudables son los destinos del mundo.
Intentaba hablar de un modo muy adulto.
—En verdad, señor —respondió Ki no Kami—, su estado posterior fue más humilde de lo que tenía razón de esperar. Pero tal es nuestra vida mortal. Sí, sí, y así ha sido siempre. Tenemos nuestros altibajos, y las mujeres aún más que los hombres.
Genji: «¿Pero su padre sin duda hace mucho caso de ella?»
Ki no Kami: «¡Vaya que la estima! Bien puedes decirlo. Ella gobierna su casa, y él la adora de una forma tan absoluta y extravagante que todos nosotros (y yo el primero) hemos tenido ocasión en el pasado de llamarle la atención, pero él no hace caso».