todas direcciones, despertaba su admiración, y él sentía que aquello era mucho más amable por su parte que si se hubiera estremecido de horror con cada sonido. Pero ahora, más fuerte que un trueno, llegó el ruido de las trilladoras, que parecía tan próximo que apenas podían creer que no procediera de la mismísima almohada. Genji pensó que se le iban a reventar los oídos. Muchos de los ruidos no lograba descifrarlos en absoluto; pero eran muy extraños y desconcertantes. * El aire entero parecía lleno de estrépitos y porrazos. * Ya de un lado, ya de otro, llegaban también el sordo golpe del mazo del batanero y el grito de los gansos salvajes que pasaban volando por encima. Era
Su habitación estaba en la parte delantera de la casa. Genji se levantó y abrió los largos tabiques corredizos. Se quedaron juntos mirando hacia afuera.
En el patio, cerca de ellos, había un grupo de hermosos bambúes chinos; el rocío cubría densamente los bordes, brillando allí con no menos intensidad que en los grandes jardines a los que Genji estaba más acostumbrado.
Había un zumbido confuso de insectos. Los grillos chirriaban en el muro. A menudo los había escuchado, pero siempre a la distancia; ahora, cantando tan cerca de él, hacían una música desconocida y que de hecho parecía mucho más hermosa que aquella con la que estaba familiarizado.
Pero entonces, todo en este lugar donde tantas cosas le agradaban tanto, parecía, a pesar de todos los inconvenientes, adquirir un nuevo matiz de interés y belleza.