su nombre en todos los grandes templos. Ya se había convencido firmemente de que, sucediera lo que sucediese con respecto al niño, la propia Fujitsubo estaba irremediablemente condenada cuando se enteró de que, hacia el décimo día del segundo mes, había dado a luz con éxito a un varón. La noticia trajo una gran satisfacción tanto al Emperador como a toda la
Las fervientes oraciones del Emperador por su vida y por la de un hijo que ella sabía que no era suyo la angustiaban y avergonzaban; en cambio, cuando llegaron a sus oídos los pronósticos maliciosamente sombríos de Kōkiden y las demás, se sintió invadida al instante por un perverso deseo de frustrar sus esperanzas y hacerlas quedar en ridículo ante quienes les habían confiado sus presagios.
Mediante un gran esfuerzo de voluntad, se sacudió la desesperación que la agobiaba y comenzó poco a poco a recuperar su vigor habitual.
El Emperador estaba impaciente por ver al hijo de Fujitsubo y lo mismo le ocurría (aunque se veía obligado a ocultar su interés en el asunto) al propio Genji. Así pues, se dirigió al palacio de ella cuando había poca gente y envió una nota en la que ofrecía, dado que el Emperador se encontraba en un estado de tal impaciencia por ver al niño y la etiqueta le prohibía hacerlo durante varias semanas, echarle un vistazo él mismo e informar de su aspecto al Emperador. Ella respondió que prefería que lo viera un día en que estuviera menos irritable; pero en realidad su negativa no tenía nada que ver con el estado de ánimo del niño; no soportaba la idea de que él lo viera en absoluto. Ya ostentaba un parecido asombroso con él; de eso estaba convencida. Siempre acechaba en su corazón el demonio torturador del miedo. Pronto otros verían al niño y conocerían al instante con absoluta certeza el secreto de su rápida transgresión. ¿Qué clemencia hacia un crimen como este tendría un mundo que murmura si un solo cabello está