«Nos encantó —escribió— que, estando por el vecindario, aprovecharas la ocasión para hacernos una visita. Pero me temo que cuando (como espero fervientemente que hagas) vengas aquí a propósito para visitarnos, no podré añadir nada a lo que ya he dicho.
En cuanto al poema que adjuntas, no esperes que ella te responda, pues todavía no sabe escribir bien su “Naniwa Zu”68, ni siquiera letra por letra. Déjame entonces que se lo responda yo:
“¡Durante todo el tiempo que los cerezos en flor permanezcan intactos en la orilla de Onoe, donde azotan las salvajes tormentas, así de constante has sido tú hasta ahora!”
Por mi parte, estoy muy intranquila con este asunto».
El sacerdote respondió en el mismo sentido. Genji quedó muy decepcionado y, al cabo de dos o tres días, mandó llamar a Koremitsu y le entregó una carta para la monja, pidiéndole al mismo tiempo que averiguara todo lo que pudiera con Shōnagon, la nodriza de la niña.
«Qué carácter tan impresionable tiene», pensó Koremitsu.
Tan solo había avistado a la niña; pero eso le había bastado para convencerse de que era una simple criatura, aunque recordaba haberla encontrado bastante bonita. ¿Qué jugada le gastaría esta vez el corazón de su señor?
El viejo sacerdote quedó profundamente impresionado por la llegada de una carta de manos de un mensajero tan especial y de tanta confianza. Tras entregarla, Koremitsu buscó a la nodriza. Repitió todo cuanto Genji