hacerle el amor. Pero ¿cómo había descubierto la existencia de su nieta? Durante un buen rato meditó con gran molestia y perplejidad, y al fin respondió con prudencia mediante un poema en el que decía que «aquel que apenas pasa una noche en el lecho cubierto de rocío de un viajero poco podía saber de aquellos cuyo hogar está para siempre sobre el musgo frío de la ladera». De este modo dio a su poema un significado inofensivo.
—Dile —dijo Genji cuando le trajeron la respuesta— que no estoy acostumbrado a entablar conversaciones de esta manera indirecta. ¡Por muy tímida que sea, debo pedirle en esta ocasión que prescinda de formalidades y hable de este asunto conmigo seriamente!
—¿Cómo ha podido ser tan mal informado? —dijo la monja, creyendo aún que Genji se imaginaba a su nieta como a una mujer adulta. Estaba aterrorizada ante la orden repentina de comparecer ante este ilustre personaje y se preguntaba qué excusa pondría.
Sus doncellas, sin embargo, estaban convencidas de que Genji se ofendería gravemente si ella no aparecía y, al fin, saliendo de la cámara de las mujeres, ella le dijo:
«Aunque ya no soy una joven, dudo mucho que debiera presentarme de este modo. Pero puesto que mandó decir que tiene asuntos serios que tratar conmigo, no he podido negarme...»
—Tal vez —dijo Genji—, mi propuesta le parezca tan inoportuna como frívola. Solo puedo asegurarle que hablo con absoluta seriedad. Que el Buda juzgue... —Pero aquí se detuvo, intimidado por la edad y la seriedad de ella.