la penumbra del principio de la mañana, advirtió que la puerta del patio donde le aguardaba su carruaje estaba tambaleante sobre sus postes y muy torcida; la luz del día, estaba seguro, habría revelado muchos otros signos de ruina y abandono. En todo el paisaje desolado que se extendía monótonamente ante él bajo la luz desapacible del alba, solo el espeso manto de nieve que cubría los pinos aportaba una nota de consuelo y
Seguramente era un lugar como este, sombrío como una pequeña aldea en las colinas, en el que sus amigos habían pensado aquella noche lluviosa cuando hablaron de la puerta «profundamente sepultada entre frondosos matorrales».
Si tan solo hubiera realmente oculta tras estos muros alguna criatura tan exquisita como se habían imaginado. ¡Con qué paciencia, con qué ternura la cortejaría!
Anhelaba alguna experiencia que le brindara un respiro a la angustia con la que cierta pasión desesperada e ilícita lo atormentaba por entonces. Ay, nadie podría haber sido menos propenso a traerle la ansiada distracción que la dueña de esta mansión romántica.
Sin embargo, el mero hecho de que no tuviera nada que la recomendara hacía imposible que él renunciara a ella, pues era seguro que nadie más se tomaría la molestia de visitarla.
Pero ¿por qué, por qué le había tocado a él, entre todas las personas, convertirse en su íntimo? ¿Acaso el espíritu del difunto príncipe Hitachi, infeliz ante la desamparada situación de la muchacha, lo había elegido y lo había conducido hasta ella?
Al borde del camino vio un pequeño naranjo casi sepultado en la nieve. Le ordenó a uno de sus servidores que lo desenterrara. Como si estuviera celoso de la atención que el hombre le prestaba a su vecino, un pino cercano sacudió sus ramas pesadamente cargadas,