—Esta amabilidad está sin duda fuera de lugar —dijo Shōnagon—. Puede que a él no le parezca de gran importancia que sus hidalgos se instalen aquí; pero si el padre de la niña se entera, a nosotros, los sirvientes, se nos culpará de que se haya entregado a la pequeña dama a un caballero casado. Se nos dirá que fuisteis vosotras quienes permitisteis que todo esto empezara. Ahora tened cuidado —dijo, volviéndose hacia sus compañeras de servicio—, no permitáis ni que ella le mencione estos guardias a su padre.
Pero, ¡ay!, la criatura era del todo incapaz de comprender tal prohibición, y Shōnagon, tras desahogar numerosas lamentaciones ante Koremitsu, continuó:
«No dudo de que a su debido tiempo ella se convertirá de algún modo en su esposa, pues tal parece ser el decreto de su destino. Pero ahora y durante mucho tiempo no puede haber la menor mención de algo semejante, y esto, como él me ha dicho sin rodeos, lo sabe tan bien como el resto de nosotros. Así que lo que persigue, no logro ni por asomo imaginármelo. Tan solo hoy, cuando el príncipe Hyōbukyō estaba aquí, me ordenó que la vigilara de cerca y no permitiera que la trataran con ninguna indiscreción. Confieso que, al decirlo, recordé con irritación ciertas libertades que he permitido tomar a su señor, sin darles apenas importancia en su momento».
No bien hubo dicho esto, cuando empezó a temer que Koremitsu interpretara sus palabras peor de lo que pretendía, y negando con la cabeza muy melancólicamente recayó en el silencio. Y no andaba muy desencaminada, pues Koremitsu se preguntaba en verdad de qué índole habrían podido ser las fechorías de Genji.