Physiolog. Notizen (9), p. 425, 1895. Cf. Strasbû¥rger, Ueber die WirkungssphûÊre der Kerne und die ZellgrûÑsse, Histolog. Beitr. (5), pp. 95–129, 1893; J. J. Gerassimow, Ueber die GrûÑsse des Zellkernes, Beih. Bot. Centralbl. XVIII, 1905; also G. Levi and T. Terni, Le variazioni dell’ indice plasmatico-nucleare durante l’intercinesi, Arch. Ital. di Anat. X, p. 545, 1911.
Arch. f. Entw. Mech. IV, 1898, págs. 75, 247.
Conklin, E. G., Cell-size and nuclear-size, J. Exp. Zool. XII. pp. 1–98, 1912.
Así pues, las fibras del cristalino son del mismo tamaño en los perros grandes y en los pequeños; Rabl, Z. f. w. Z. LXVII, 1899. Cf. (int. al.) Pearson, On the Size of the Blood-corpuscles in Rana, Biometrika, VI, p. 403, 1909. El Dr. Thomas Young vislumbró el fenómeno a principios del siglo pasado: «Las partículas sólidas de la sangre no varían en absoluto de magnitud en la misma proporción que el volumen del animal», Natural Philosophy, ed. 1845, p. 466; y Leeuwenhoek y Stephen Hales ya lo sabían cien años antes. Pero en este caso, aunque los corpúsculos sanguíneos no muestran relación de magnitud con el tamaño del animal, sí parecen guardar cierta relación con su actividad. Al menos, los corpúsculos de los perezosos anfibios son los mayores que conocemos, mientras que los más pequeños se encuentran entre los cérvidos y otros mamíferos ágiles y veloces. (Cf. Gulliver, P.Z.S. 1875, p. 474, etc.) Esta aparente correlación puede tener importancia para las opiniones modernas sobre la condensación superficial o adsorción de oxígeno en los corpúsculos sanguíneos, un proceso que se vería enormemente facilitado e intensificado por el aumento de superficie debido a su minucia.