No pasó nada hasta la tarde.
El médico era un hombrecito flaco y callado que parecía alterado por la guerra. Me extrajo una serie de pequeñas astillas de acero de los muslos con un desdén delicado y refinado. Usó un anestésico local llamado algo así como «nieve», que congelaba el tejido y evitaba el dolor hasta que la sonda, el bisturí o las pinzas llegaban más abajo de la porción congelada.
La zona anestesiada quedaba claramente delimitada por el paciente y, al cabo de un rato, la frágil delicadeza del médico se agotó y dijo que sería mejor hacer una radiografía. Sondear no era satisfactorio, dijo.
La radiografía fue tomada en el Ospedale Maggiore y el médico que la hizo era excitable, eficiente y alegre. Se dispuso, sosteniendo los hombros, que el paciente viera personalmente a través de la máquina algunos de los cuerpos extraños más grandes. Las placas debían ser enviadas.
El médico me pidió que escribiera en su cuaderno de notas de bolsillo mi nombre, mi regimiento y algún sentimiento. Declaró que los cuerpos extraños eran feos, desagradables, brutales. Los austríacos eran unos hijos de puta. ¿A cuántos había matado yo? No había matado a ninguno, pero estaba deseoso de complacer, y dije que había matado a unos cuantos.
La señorita Gage estaba conmigo y el médico la pasó el brazo por la cintura y dijo que era más hermosa que Cleopatra. ¿Entendía eso? Cleopatra, la antigua reina de Egipto. Sí, por Dios que lo era.
Regresamos al pequeño hospital en la ambulancia y al cabo de un rato y de mucho levantarme, volví a estar arriba, en la cama. Las placas llegaron esa tarde; el médico había dicho que por Dios que las tendría esa tarde y así fue. Catherine Barkley me las enseñó. Estaban en sobres rojos y ella las sacó de los sobres, las sostuvo contra la luz y ambos miramos.