El pajar ya no estaba y un año habían cortado el pinar y solo quedaban tocones, copas de árboles secas, ramas y adelfillas donde había estado el bosque. No se podía volver atrás. Si no ibas hacia adelante, ¿qué pasaba? Nunca volvías a Milán. Y si volvías a Milán, ¿qué pasaba?
Escuché el tiroteo hacia el norte, en dirección a Údine. Oía disparos de ametralladora. No había cañoneo. Menos mal. Debían de haber conseguido algunas tropas a lo largo de la carretera.
Miré hacia abajo, en la penumbra del pajar, y vi a Piani de pie en la plataforma de carga. Llevaba bajo el brazo un salchichón largo, un tarro de algo y dos botellas de vino.
—Sube —dije—. Ahí está la escalera.
Luego me di cuenta de que debía ayudarlo con las cosas y bajé. Tenía la cabeza aturdida por haber estado acostado en el heno. Casi me había quedado dormido.
—¿Dónde está Bonello? —pregunté.
“Te lo contaré”, dijo Piani.
Subimos por la escalera. Arriba, en el heno, dejamos las cosas. Piani sacó su navaja con sacacorchos y le quitó el corcho a una botella de vino.
—Tiene lacre —dijo—. Debe de ser bueno. Sonrió.
—¿Dónde está Bonello? —pregunté.
Piani me miró.
—Se fue, Tenente —dijo—. Quería ser prisionero.
No dije nada.