Me senté en la silla frente a una mesa donde había informes de enfermeras colgados con pinzas a un lado y miré por la ventana. No podía ver nada más que la oscuridad y la lluvia cayendo a través de la luz de la ventana.
Así que eso era todo. El bebé estaba muerto. Por eso el doctor tenía un aspecto tan cansado. ¿Pero por qué se habían comportado de esa manera en la habitación con él? Supongo que pensarían que volvería en sí y empezaría a respirar, probablemente. Yo no tenía religión, pero sabía que debían haberlo bautizado. Pero qué tal si nunca llegó a respirar. No lo había hecho. Nunca había estado vivo. Excepto en Catherine. Lo había sentido patotear ahí dentro las suficientes veces. Pero no lo había hecho en una semana. Tal vez estuvo asfixiado todo el tiempo. Pobre criatura. Ojalá me hubiera ahogado yo así, joder. No, no lo ojalá. Aun así, no habría que pasar por toda esta agonía.
Ahora Catherine moriría. Eso era lo que uno hacía. Morirse. Uno no sabía de qué se trataba. Nunca tenías tiempo de aprender. Te arrojaban dentro y te daban las reglas y a la primera de cambio que te pillaban fuera de base te mataban. O te mataban gratuitamente como a Aymo. O te daban la sífilis como a Rinaldo. Pero al final te mataban. De eso podías estar seguro. Quédate por ahí y te matarían.
Una vez en el campamento puse un leño encima del fuego y estaba lleno de hormigas. Cuando empezó a arder, las hormigas salieron en desbandada y primero fueron hacia el centro donde estaba el fuego; luego dieron la vuelta y corrieron hacia el extremo. Cuando hubo suficientes en el extremo, cayeron al fuego. Algunas lograron salir, con el cuerpo quemado y aplastado, y se alejaron sin saber adónde iban. Pero la mayoría iban hacia el fuego y luego de regreso hacia el extremo y se amontonaban en la punta fría y finalmente caían al fuego.