El camino estaba lleno de gente y había mamparas de cañas de maíz y esteras de paja a ambos lados y esteras por encima, de modo que era como la entrada a un circo o a una aldea indígena.
Avanzamos lentamente por este túnel cubierto de esteras y salimos a un espacio despejado y yermo donde había estado la estación de ferrocarril. El camino quedaba aquí por debajo del nivel de la orilla del río y a todo lo largo del talud del camino hundido había agujeros cavados en la orilla con infantería dentro.
El sol se estaba poniendo y, al mirar hacia arriba a lo largo de la orilla mientras íbamos en coche, vi los globos de observación austriacos sobre las colinas del otro lado, oscuros contra la puesta de sol.
Aparcamos los coches más allá de una tejería. Los hornos y unos hoyos hondos habían sido habilitados como puestos de socorro. Había tres médicos a los que conocía. Hablé con el comandante y supe que, cuando aquello empezara y nuestros coches estuvieran cargados, debíamos conducirlos de vuelta por la carretera cubierta y subir hasta la carretera principal a lo largo de la cresta, donde habría un puesto y otros coches para evacuarlos.
Esperaba que la carretera no se atascara. Era un asunto de una sola vía. La carretera estaba cubierta porque se veía desde la posición de los austríacos al otro lado del río.
Aquí, en la tejería, la orilla del río nos protegía de los disparos de fusil o ametralladora. Había un puente destrozado sobre el río. Iban a montar otro puente cuando empezara el atrincheramiento y algunas tropas cruzarían por los vados más arriba, en la curva del río.