Empezamos a movernos de nuevo pero, al ver el ritmo de avance a la luz del día, supe que tendríamos que apartarnos de aquella carretera principal de algún modo y campo a través si alguna vez esperábamos llegar a Udine.
En la noche muchos campesinos se habían unido a la columna desde los caminos del campo y en la columna había carros cargados con enseres domésticos; había espejos sobresaliendo entre los colchones, y gallinas y patos atados a los carros. Había una máquina de coser en el carro que iba delante de nosotros bajo la lluvia.
Habían salvado las cosas más valiosas. En algunos carros las mujeres iban acurrucadas para guarecerse de la lluvia y otras caminaban junto a los carros manteniéndose tan pegadas a ellos como podían. Ahora había perros en la columna, que se metían debajo de los carruajes a medida que avanzaban.
El camino estaba embarrado, las zanjas a los lados rebosaban de agua y más allá de los árboles que bordeaban la carretera los campos parecían demasiado húmedos y empapados como para intentar cruzarlos. Bajé del coche y avancé un trecho por el camino, buscando un lugar desde donde pudiera divisar más adelante un desvío que, a campo través, pudiéramos tomar. Sabía que había muchos caminos secundarios, pero no quería uno que no condujera a ninguna parte. No podía recordarlos porque siempre los habíamos pasado a toda velocidad en coche por la carretera principal y todos se parecían mucho. Ahora sabía que debíamos encontrar uno si teníamos esperanza de pasar.
Nadie sabía dónde estaban los austriacos ni cómo iban las cosas, pero yo estaba seguro de que si la lluvia cesaba y los aviones aparecían y se ponían a trabajar en aquella columna, todo habría terminado. Lo único que hacía falta era que unos cuantos hombres abandonaran sus camiones o que mataran a unos pocos caballos para paralizar por completo el tráfico en la carretera.