—Quizás algunos bajen en Brescia —dijo el maletero.
—Subirán más en Brescia —dijo el ametrallador.
Me despedí de ellos, nos dimos la mano y se fueron. Los dos se sentían mal.
Dentro del tren íbamos todos de pie en el pasillo cuando el tren arrancó. Miré las luces de la estación y de las vías mientras salíamos. Todavía seguía lloviendo y pronto los cristales se mojaron y ya no se podía ver hacia afuera.
Más tarde dormí en el suelo del pasillo; primero me metí la cartera con el dinero y los papeles dentro de la camisa y los pantalones, de modo que quedara dentro de la pernera de mis bragas de montar. Dormí toda la noche, despertándome en Brescia y Verona cuando más hombres subieron al tren, pero volviendo a dormirme enseguida. Tenía la cabeza apoyada en una de las bolsas de lona y los brazos alrededor de la otra y podía sentir la mochila y todos podían pasar por encima de mí con tal de que no me pisaran.
Había hombres durmiendo en el suelo a lo largo de todo el pasillo. Otros estaban de pie agarrados a las barras de las ventanas o apoyados contra las puertas. Aquel tren siempre iba lleno.