podría venir un tren desde Portogruaro. Observé a los guardias y me tendí en el terraplén para poder ver en ambas direcciones a lo largo de la vía. El guardia del puente caminó un trecho por la vía hacia donde yo estaba, luego dio media vuelta y regresó hacia el puente. Me tendí, tenía hambre y esperé el tren. El que había visto era tan largo que la máquina lo movía muy lentamente y estaba seguro de que podría subir a él.
Después de haber casi perdido la esperanza de que viniera uno, vi acercarse un tren. La máquina, viniendo directamente hacia mí, crecía lentamente. Miré al guarda en el puente. Caminaba por el lado cercano del puente pero al otro lado de las vías. Eso lo dejaría fuera de la vista cuando el tren pasara.
Miré la máquina acercarse. Estaba esforzándose mucho. Pude ver que había muchos vagones. Sabía que habría guardas en el tren, e intenté ver dónde estaban, pero, manteniéndome fuera de la vista, no pude.
La máquina estaba casi a la altura de donde yo estaba tendido. Cuando pasó enfrente, trabajando y resoplando incluso en el tramo llano, y vi pasar al maquinista, me puse de pie y me acerqué a los vagones que pasaban. Si los guardias estaban vigilando, yo resultaba ser un objeto menos sospechoso de pie junto a la vía.
Pasaron varios vagones de mercancías cerrados. Luego vi venir un vagón descubierto y bajo, de esos que llaman góndolas, cubierto con lona. Me quedé esperando hasta que casi había pasado, entonces salté, agarré los barrotes de sujeción traseros y subí de un tirón.
Me metí a gatas entre la góndola y el resguardo del alto vagón de mercancías que iba detrás. No creí que nadie me hubiera visto. Estaba agarrado a los barrotes de sujeción y agachado, con los pies sobre el enganche.