El verano pasó de esa manera. No recuerdo mucho de los días, salvo que hacían calor y que había muchas victorias en los periódicos. Yo tenía mucha salud y las piernas se me curaron deprisa, de modo que no pasó mucho tiempo desde la primera vez que usé muletas hasta que prescindí de ellas y empecé a andar con bastón.
Luego empecé los tratamientos en el Ospedale Maggiore para doblar las rodillas, tratamientos mecánicos, horneado en una caja de espejos con rayos violeta, masajes y baños. Iba por allí por las tardes y después paraba en el café a tomar algo y leer los periódicos.
No andaba vagando por la ciudad; lo que quería era volver al hospital desde el café. Todo lo que deseaba era ver a Catherine. El resto del tiempo me alegraba de matarlo.
Casi siempre dormía por las mañanas y por las tardes, a veces, iba a las carreras, y tarde a los tratamientos de mecanoterapia. A veces pasaba por el Club Anglo-Americano y me sentaba en un sillón hondo de cuero con cojines frente a la ventana y leía las revistas.
No nos dejaban salir juntos cuando ya andaba sin muletas porque estaba mal visto que a una enfermera la vieran sin chaperona con un paciente que no parecía necesitar cuidados, así que no pasábamos mucho tiempo juntos por las tardes. Aunque a veces podíamos salir a cenar si Ferguson venía con nosotros. La señorita Van Campen había aceptado nuestra condición de grandes amigos porque lograba que Catherine trabajara muchísimo. Pensaba que Catherine venía de muy buena familia y eso acabó por predisponerla a su favor.