—No apuestes demasiado. Pero canto bien, eso sí. Es maldita gracia, pero canto bien. Me gusta cantar. Escucha.
Rugió entonando «Africana», con el cuello hinchado y las venas sobresaliendo.
—Sé cantar —dijo—. Les guste o no.
Miré por la ventana. —Bajaré a pagarle al taxi.
—Vuelva a subir, querido amigo, y desayunaremos.
Se levantó de la cama, se puso enhiesto, respiró hondo y comenzó a hacer ejercicios de flexión. Bajé y le pagué al taxista.