Ahora que no podíamos marchar a nuestro propio paso me sentía muy cansado. No había ninguna euforia en cruzar el puente. Me pregunté qué sería aquello si un avión lo bombardeaba de día.
—Piani —dije.
—Aquí estoy, Tenente.
Él iba un poco más adelante en el embotellamiento. Nadie hablaba. Todos intentaban cruzar lo antes posible: solo pensaban en eso.
Estábamos casi al otro lado. Al extremo del puente había oficiales y carabineros de pie a ambos lados que alumbraban con linternas. Los vi recortados contra el horizonte.
Al acercarnos a ellos, vi a uno de los oficiales señalar a un hombre en la columna. Un carabinero se metió a buscarlo y salió agarrando al hombre del brazo. Lo apartó del camino.
Pasamos casi a su altura. Los oficiales examinaban a todos en la columna, a veces hablándose entre ellos, avanzando para encandilar a alguien con la luz. Sacaron a otra persona justo antes de que pasáramos a su altura.
Vi al hombre. Era un teniente coronel. Vi las estrellas en el recuadro de su manga cuando lo alumbraron con la linterna. Tenía el pelo canoso y era bajito y gordo. El carabinero lo metió detrás de la línea de oficiales.
Al pasar a su altura vi que uno o dos me miraban. Entonces uno me señaló y le habló a un carabinero. Vi al carabinero lanzarse hacia mí, abrirse paso por el borde de la columna hacia mí, y luego sentí que me agarraba del cuello.
—¿Qué te pasa? —dije y le pegué en la cara. Vi su rostro bajo el sombrero, los bigotes levantados y la sangre bajándole por la mejilla. Otro se nos abalanzó.