Se puso frío esa noche y al día siguiente llovía. Al volver del Ospedale Maggiore llovía muy fuerte y estaba mojado cuando entré.
Arriba en mi cuarto la lluvia caía con fuerza afuera sobre el balcón, y el viento la arrojaba contra las puertas de vidrio. Me mudé de ropa y tomé un poco de brandy, pero el brandy no sabía bien. Me sentí mal por la noche y por la mañana, después de desayunar, tenía náuseas.
—No cabe la menor duda —dijo el cirujano de guardia—. Mire el blanco de sus ojos, señorita.
La señorita Gage miró. Me hicieron mirar en un espejo. Lo blanco de los ojos estaba amarillo y era la ictericia. Estuve enfermo dos semanas con aquello.
Por esa razón no pasamos juntos un permiso de convalecencia. Teníamos planeado ir a Pallanza, en el Lago Maggiore. Es agradable allí en otoño cuando las hojas cambian de color. Hay paseos que se pueden dar y se puede pescar a la cacea en el lago.
Habría sido mejor que Stresa porque hay menos gente en Pallanza. Stresa es tan fácil de alcanzar desde Milán que siempre hay gente que uno conoce. Hay un pueblo bonito en Pallanza y se puede remar hasta las islas donde viven los pescadores y hay un restaurante en la isla más grande. Pero no fuimos.
Un día, mientras estaba en cama con ictericia, la señorita Van Campen entró en la habitación, abrió la puerta del armario y vio las botellas vacías que había dentro. Yo había mandado un cargamento de ellas con el botones y creo que debió de verlas salir y subir a buscar más.