Un día por la tarde fuimos a las carreras. Ferguson también fue y Crowell Rodgers, el muchacho que había sido herido en los ojos por la explosión de una espoleta de obús.
Las muchachas se vistieron para ir después de almorzar, mientras Crowell y yo nos sentábamos en la cama de su habitación a leer las actuaciones pasadas de los caballos y los pronósticos en el diario hípico. Crowell tenía la cabeza vendada y no le importaban mucho aquellas carreras, pero leía el diario hípico constantemente y llevaba la cuenta de todos los caballos para tener algo que hacer. Decía que los caballos eran pésimos, pero que eran todos los caballos que teníamos.
Al viejo Meyers le caía bien y le daba datos. Meyers ganaba en casi todas las carreras, pero no le gustaba dar datos porque bajaban los dividendos. Las carreras eran muy amañadas. Hombres a los que habían expulsado de las pistas en todas partes corrían en Italia. La información de Meyers era buena, pero a mí me daba cosa pedirsela porque a veces no contestaba, y siempre se notaba que le dolía decírnoslo, aunque por alguna razón se sentía obligado a hacerlo, y le dolía menos decírselo a Crowell.
Los ojos de Crowell habían sufrido daños, uno estaba malherido, y Meyers tenía problemas en los ojos, por lo que le gustaba Crowell. Meyers nunca le decía a su mujer a qué caballos apostaba, y ella ganaba o perdía, sobre todo perdía, y no paraba de hablar.
Los cuatro fuimos en coche descubierto a San Siro. Era un día hermoso y salimos en coche a través del parque, seguimos por la línea del tranvía y salimos de la ciudad, donde el camino estaba polvoriento.