En septiembre llegaron las primeras noches frescas, luego los días fueron frescos y las hojas de los árboles del parque empezaron a cambiar de color y supimos que el verano se había ido.
Los combates en el frente iban muy mal y no pudieron tomar San Gabriele. Los combates en la meseta de Bainsizza habían terminado y hacia mediados de mes los combates por San Gabriele también estaban casi terminados. No pudieron tomarlo.
Ettore había regresado al frente. Los caballos se habían ido a Roma y ya no había más carreras. Crowell se había ido a Roma también, para ser enviado de vuelta a América. Hubo disturbios dos veces en el pueblo contra la guerra y graves disturbios en Turín.
Un comandante británico en el club me dijo que los italianos habían perdido ciento cincuenta mil hombres en la meseta de Bainsizza y en el San Gabriele.
Dijo que habían perdido otros cuarenta mil en el Carso. Nos tomamos una copa y él habló.
Dijo que los combates habían terminado por ese año ahí abajo y que los italianos se habían abarcado más de lo que podían apretar. Dijo que la ofensiva en Flandes iba mal. Si seguían matando hombres como este otoño, a los Aliados les quedarían dos telediarios en otro año.
Dijo que estábamos todos acabados, pero que estábamos bien mientras no lo supiéramos. Estábamos todos acabados. La cuestión era no reconocerlo. El último país en darse cuenta de que estaba acabado ganaría la guerra.
Nos tomamos otra copa.