Luego en italiano: “Levantadlo con mucho cuidado por las piernas. Le duelen mucho las piernas. Es el hijo legítimo del presidente Wilson”. Me levantaron y me llevaron al consultorio. Adentro estaban operando en todas las mesas. El pequeño comandante nos miró furioso. Me reconoció y agitó unas pinzas.
“¿Todo bien?”
“Todo bien”.
“Lo he traído”, dijo el inglés alto en italiano. “El único hijo del embajador estadounidense. Puede estar aquí hasta que esté listo para llevárselo. Entonces me lo llevaré con mi primera carga”.
Se inclinó sobre mí. “Ires a buscar al ayudante de ellos para que les haga los papeles y así todo irá mucho más rápido”.
Se agachó para pasar por el dintel de la puerta y salió.
El comandante estaba desenganchando las pinzas ahora, soltándolas en una jofaina. Seguí sus manos con la mirada. Ahora estaba vendando. Luego los camilleros bajaron al hombre de la mesa.
«Me quedo con el Tenente americano», dijo uno de los capitanes. Me subieron a la mesa. Era dura y resbaladiza. Había muchos olores fuertes, olores químicos y el dulce olor de la sangre. Me quitaron los pantalones y el capitán médico comenzó a dictarle al sargento ayudante mientras trabajaba: «Múltiples heridas superficiales en los muslos izquierdo y derecho, en las rodillas izquierda y derecha y en el pie derecho. Heridas profundas en la rodilla y el pie derechos. Laceraciones en el cuero cabelludo (exploró—¿Duele eso?—¡Hostia, y tanto!) con posible fractura de cráneo. Producidas en acto de servicio.