el bolsillo, dejé el periódico en la mesa con la propina y salí.
En mi habitación del hospital me desnudé, me puse el pijama y una bata, corrí las cortinas de la puerta que daba al balcón y, incorporado en la cama, leí los periódicos de Boston de un montón que la señora Meyers había dejado para sus muchachos en el hospital.
Los Chicago White Sox iban ganando el banderín de la Liga Americana y los New York Giants encabezaban la Liga Nacional. Por entonces, Babe Ruth era un lanzador que jugaba en Boston.
Los periódicos eran aburridos, las noticias locales y rancias, y las noticias de la guerra eran todas viejas. Las noticias americanas trataban todas sobre campamentos de entrenamiento. Me alegré de no estar en un campamento de entrenamiento.
Las noticias de béisbol eran lo único que podía leer y no me interesaban lo más mínimo. Un montón de periódicos juntos hacía imposible leer con interés. No eran muy actuales, pero estuve hojeándolos un rato.
Me preguntaba si, cuando América entrara de verdad en la guerra, suspenderían las grandes ligas. Probablemente no. En Milán seguía habiendo carreras de caballos y la guerra no podía ser mucho peor. En Francia las habían prohibido. De allí era de donde venía nuestro caballo Japalac.
Catherine no entraba de servicio hasta las nueve. La oí pasar por el pasillo cuando entró a trabajar por primera vez y una vez la vi pasar por el vestíbulo. Fue a varias otras habitaciones y finalmente entró a la mía.
—Voy tarde, cariño —dijo—. Había mucho que hacer. ¿Cómo estás?
Le conté lo de mis papeles y el permiso.
—Qué lindo —dijo ella—. ¿A dónde quieres ir?