—Ven aquí, Jason —dijo el padre.
Jason lo arrojó al fuego. Chisporroteó, se desenroscó, volviendo a ponerse negro. Luego fue gris. Luego se había ido.
Caddy y Padre y Jason estaban en el sillón de Mamá. Los ojos de Jason estaban hinchados y cerrados y su boca se movía, como si estuviera saboreando. La cabeza de Caddy estaba en el hombro de Padre. Su cabello era como fuego, y pequeños puntos de fuego había en sus ojos, y fui y Padre me subió al sillón también, y Caddy me abrazó. Olía a árboles.
Olía a árboles.
En el rincón estaba oscuro, pero podía ver la ventana. Me agaché allí, sosteniendo la zapatilla. No podía verla, pero mis manos la veían, y podía oír cómo se hacía de noche, y mis manos veían la zapatilla pero yo no podía verme a mí mismo, pero mis manos podían ver la zapatilla, y me agaché allí, oyendo cómo se hacía de noche.
Aquí está, dijo Luster. Mira lo que tengo. Me lo enseñó. Ya sabes dónde lo conseguí. Se lo pedí a la señorita Quentin. Sabía que no iban a poder sacarme.
Qué haces, metido aquí adentro. Creía que te habías vuelto a escapar afuera. ¿No has tenido bastante con gemir y babear hoy, como para venir a esconderte en este cuarto vacío, farfullando y lamentándote?
Ven a la cama de una vez, para que pueda subir allí antes de que empiece. No puedo andar perdiendo el tiempo contigo toda la noche de hoy. En cuanto suene el primer bocinazo de esas bocinas, yo ya habré volado.
No fuimos a nuestra habitación.
—Aquí es donde tenemos el sarampión —dijo Caddy—. Por qué tenemos que dormir aquí esta noche.