Codal
nydus/The Sound and the FuryPublic
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2 de junio de 1910

“Lo encontraré. Los veré a todos mañana. Díganle a la señora Bland que lamento haberle arruinado la fiesta”.

Se quedaron mirándome. Rodeé la casa. Un sendero de piedras bajaba hacia el camino. Crecían rosas a ambos lados del sendero. Crucé la puerta cancel y salí al camino. Este descendía cuesta abajo, hacia los bosques, y alcancé a divisar el auto a un lado del camino.

Subí la cuesta. La luz aumentaba a medida que ascendía, y antes de llegar a la cima oí un auto. Sonaba muy lejos, a través del crepúsculo, y me detuve a escucharlo. Ya no alcanzaba a distinguir el auto, pero Shreve estaba de pie en el camino frente a la casa, mirando hacia la colina. Detrás de él, la luz amarilla se extendía como una capa de pintura sobre el techo de la casa.

Levanté la mano y seguí colina arriba, escuchando el auto. Luego la casa desapareció y me detuve bajo la luz verde y amarilla y oí que el auto se hacía cada vez más fuerte, hasta que justo cuando empezaba a apagarse se detuvo por completo. Esperé hasta oírlo arrancar de nuevo. Entonces continué.

A medida que descendía, la luz menguaba despacio, pero al mismo tiempo sin alterar su calidad, como si yo y no la luz estuviera cambiando, disminuyendo, aunque incluso cuando el camino se metía entre los árboles se habría podido leer el periódico.

Muy pronto llegué a un sendero. Entré en él. Era más cerrado y oscuro que el camino, pero al salir a la parada del tranvía —otra marquesina de madera— la luz seguía siendo la misma.

Después del sendero parecía más claro, como si hubiera caminado a través de la noche en el sendero y vuelto a salir a la mañana. Muy pronto llegó el coche. Me subí, volviéndose ellos a mirar mi ojo, y busqué un asiento en el lado izquierdo.

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