El camino iba junto al muro, arqueado por encima, destrozado de flores, disolviéndose entre los árboles. La luz del sol entraba oblicua, escasa y ávida. Mariposas amarillas titilaban a lo largo de la sombra como motas de sol.
—¿A qué quieres ir al Eddy? —dijo el segundo muchacho—. Puedes pescar en el molino si quieres.
“Ah, déjalo ir”, dijo el tercero. Miraron al primer muchacho. La luz del sol se deslizaba a parches sobre sus hombros al caminar, centelleando a lo largo de la pértiga como hormigas amarillas.
—Kenny —dijo el segundo.
Díaselo al Padre ¿quieres se lo diré soy de mi padre el Progenitivo yo lo inventé lo creé yo Díaselo él no lo creerá pues dirá que no fui yo y entonces tú y yo puesto que filoprogenitivo
“Ah, vamos —dijo el muchacho—, ya han entrado”.
Se quedaron mirando al primer muchacho. —Sí —dijeron de repente—, vete entonces, niñito de mamá. Si va a nadar se le mojará la cabeza y luego se llevará una paliza.
Doblaron por el callejón y siguieron adelante, con las mariposas amarillas revoloteando en diagonal a su alrededor a lo largo de la sombra.
es porque no hay nada más creo que hay algo más pero puede que no lo haya y entonces yo
Verás que incluso la injusticia es apenas digna de lo que crees ser
No me prestó atención, con la mandíbula apretada de perfil, el rostro vuelto un poco hacia un lado bajo su sombrero roto.